miércoles, 29 de septiembre de 2010

Esto pasó esta tarde



Le pregunté a mi mamá si ella era una mujer feliz. Me contestó que a ratos.

Precisé la pregunta a si ahora mismo era feliz. Ella respondió que era feliz cuando Margarita - mi hermana - y yo estábamos bien, pero que sabía que yo estaba muy aburrido, por lo cual no estaba contenta.

Nos quedamos callados.

Retomé de nuevo. Dije que lo único que yo quería era que me atropellara un carro y olvidar todo.

Un rato después de eso encontré a mi mamá acurrucada, empujando una cosa hacía donde yo estaba parado.

–Déjese atropellar – me dijo, y un carro de juguete me pegó en el pie.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Paréntesis para un momento de histeria: Culpar a la casualidad y olvidar la causalidad




Me gusta pensar que son parásitos, que no es mi culpa. Opto por creer que algún tipo de gusano intestinal me tiene enfermo.

Me gusta creer que la hipoglicemia es la causa del mareo que me despierta en la mañana.

Me gusta creer que pasar tanto tiempo delante del computador ha hecho que la radiación me provoque un cáncer cerebral, un tumor, por lo menos irritación en los ojos, y es por eso que vivo con sueño, que no puedo concentrarme en nada.

Me gusta creer que no odio el periodismo, ni mi universidad, que simplemente no sabía lo que quería a los 16 años y cualquiera que hubiera sido la elección la iba a terminar odiando.

Me gusta pensar que es el equipo de sonido de mi vecina el que no me deja dormir, que el ruido no está en mi cabeza.

Me gusta pensar que es la crisis mundial, un problema de la economía global, la que me hace ver todo de manera negativa. Que es una depresión generalizada, que no es solo mía.

Me gustan las pajas mentales. Me gusta creer que mañana el dibujo me saldrá bonito y lo cuentos serán interesantes. Que seré un buen periodista. Que tendré una buena vida.

No me gusta pensar que no tengo talento, que soy indisciplinado, mediocre, inconstante, bruto y pretensioso.

Me gusta pensar que, si me caigo, me tengo que levantar. En realidad solo quiero quedarme en el piso durmiendo.

Me gusta pensar que no es mi culpa. Me gusta pensar que es el destino. Me gusta pensar que los católicos tienen razón.

Culpar a la casualidad, porque la causalidad me quedó grande.

Destruirme como única posibilidad para construirme. Reiventarme. Reciclarme.

Me gusta pensar que son parásitos. Por si las moscas, no tomo purgante. No quiero pensar que soy solo yo y mi vida.

martes, 21 de septiembre de 2010

Soy tan amargado que tengo hipoglicemia

El Ministerio de Defensa del País de la Glucosa mandó todas las tropas a una guerra a muerte contra los diabéticos. Los osos quedaron desprotegidos del ataque de un monstruo feroz que se los está devorando.

La popularidad del presidente va en caída.

lunes, 20 de septiembre de 2010


Advertencia: El dibujo de arriba tiene un lado chueco. La cartulina tenía un borde arrugado y no fui capaz de cortarlo sin que quedara torcido.
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La verdad es que sí, me gustan. Me gustan y mucho. Me gustaron cuando fui consciente de que el cielo estaba lleno de ellos. La verdad es que sí, me gustan los faros. Los faros de allá arriba que a casi todo el mundo le gustan, que casi todo el mundo sigue. Yo también quería gustarle a todo el mundo.

Pensé en construirme uno propio. Pero, para levantar cualquier edificio, uno necesita un terreno, y yo no tenía un terreno. Bueno, sí tenía uno, el único: mi cama.

Al principio, construí mal mi faro: Lo construí debajo de la cama. Lo puse ahí de forma inocente. Debajo de mi cama siempre estaba oscuro. Allí el faro siempre iba a alumbrar, pero nadie lo iba a ver. Yo quería que lo vieran y lo admiraran.

Lo puse encima de la cama.

Para mí, mi faro era el faro más hermoso del mundo. Pronto me olvidé de los faros de allá arriba porque, para mí, el único faro valioso era mi faro.

Me dediqué a mirarlo día y noche. A mirarlo como si no hubiera nada mejor. Era el único que existía y el más hermoso. Cuando la gente se acercaba no les prestaba atención porque solo había una cosa que valía la pena, lógicamente esa cosa no era la gente.

Me dediqué tanto a admirar mi faro que me volví ermitaño. Un poco amargado, tal vez muy.

– ¿Y éste qué?
– ¿Cómo que qué? ¿No has visto mi faro? Es el más hermoso del mundo.
– No. No lo he visto.

Se me había olvidado que tenía mi faro en la cama, y en toda mi vida nunca he llevado a nadie a mi cama.

– Ven, te muestro mi faro. Da la luz más hermosa del mundo.

– ¿Te has dado cuenta de que está agrietado? Y la luz que da solo es fuerte cerca del faro, no llega lejos. Este no es el faro más hermoso del mundo. Es una construcción descuidada.

Me di cuenta de lo que pasaba: Después de haber hecho mi faro solo me dediqué a mirarlo y a estar orgulloso de él. Nunca le hice mantenimiento a las estructuras.

Quedé desilusionado.

Esa noche salí a ver, por primera vez desde que construí mi faro, los faros de allá arriba.

Alcé la cabeza y no pude ver nada. Miré y no ví nada. La luz de mi faro me había dejado ciego de tanto mirarlo. Ahora no podía ver los faros de allá arriba.

Salí corriendo a buscar mi faro. Decepcionado. Lo desconecté.

Subí a la punta de la torre. A oscuras. A llorar que el mío, mi faro, no había sido el más hermoso del mundo. De pronto, vi unas lucecitas que, despacio, llegaban y se mezclaban con el agua que me salía de los ojos.

Me quedé ahí, sentado en la punta de la torre. Unos bombillos iban apareciendo allá arriba.

La verdad es que sí, me gustan. Me gustan y mucho.

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Pregunta para el lector:

¿Tiene algo de malo querer llevar una vida inútil?

jueves, 16 de septiembre de 2010

Hay que reinventar lo que se entiende por irreverente, por revolucionario. Ahora esas cosas vienen en paquetes prefabricados, con estándares de producción. Ahora, parece ser, son un lugar común.

Es como si lo original llegara envuelto en papeles de distintos colores pero con las mismas instrucciones para armar. Versiones paralelas, a veces contradictorias, del mismo objeto.

La misma cosa, la cosa original, replicada muchas veces. Rarezas iguales, en masas semejantes a otra masa de cosas que, con desdén, se le suele llamar “normal”. Como si ser normal fuera malo.

Locos autoproclamados, idénticos a todos los locos autoproclamados del planeta. Ser raro se puso de moda, en una moda donde todos los raros son igualitos.

La creatividad más perezosa que se puede concebir.

Escribir caperucita azul no tiene ningún merito, es solo un opuesto obvio.

miércoles, 15 de septiembre de 2010


- No seas tonta.
- No lo soy. En realidad tienen olor.
- Ah ¿Sí? Entonces dime ¿A qué huelen las estrellas?
- Las estrellas huelen a una luciérnaga que, durante una noche de luna llena, vuela entre un árbol de eucalipto. Un árbol de eucalipto que está en medio de un campo cubierto de hierba buena y jazmines.
- Esa es una linda estupidez.
- Siempre te han gustado.


sábado, 11 de septiembre de 2010

A Peter Pan le gustan las mariposas negras




Conocí a un pedófilo. No era una mala persona. Yo le decía traductor. Él me llamaba cuentista. Y si estaba enojado, si me quería insultar, me decía periodista.

A mi pedófilo le gustaba Frank Sinatra. Y Mozart. Y la literatura. Y los idiomas. Hablaba francés, inglés y ruso. También amaba el arte. Amaba a Da Vinci y a Miguel Ángel. Odiaba a Dalí. Decía que Picasso se aprovechó del esnobismo de su época para ser famoso. Amaba el whisky y la marihuana. Amaba que yo lo hiciera llorar y que las polillas se le pegaran en la cara.

Francisco era su nombre. Un nombre feo, la verdad. Tenía un nombre feo pero un bonito apellido español.

Este pedófilo, el mío, fue un criminal. Lo sé, pero no escribo esto para enjuiciarlo. Era drogadicto y mató a una persona: un tipo que quería defender la dignidad de su hermanito menor y terminó con su O+ regado en un andén.

Una vez, mi pedófilo me dijo que yo era igual a él. Yo no lo creo. Yo nunca he matado a una persona. No me gusta drogarme. No sé cuál es mi inclinación sexual y nunca he copulado con nadie, eso se lo dejo a los perros.

“Somos iguales”, decía, “los dos nacimos para la soledad”.

Hablábamos de política y de arte. También de nuestras vidas. De las cosas profundas y de las cosas triviales. “Esperáme me sirvo otro whisky que estamos hablando muy rico, ¿no querés uno?”. No, yo nunca quería whisky.

“Mi vecina no me deja dormir”, se quejó en alguna ocasión, “ya me quejé en la inspección de policía pero esa gente no va a hacer nada. Ayer subí a su apartamento y le tiré una bolsa llena de orines contra la puerta”. Yo le dije que la matara. “Claro que no”. Luego me hizo entender las cosas: “No somos tan diferentes”.

Yo a veces pienso qué se sentiría matar a alguien, pero no sería capaz de hacerlo. “No somos iguales”, repliqué.

Se metía con niños. No por maldad. “La gente pide proteger niños que ellos mismos maltratan”, solía decirme. “A veces esos cagones vienen aquí porque en la casa la mamá les está pegando, porque si no llegan con plata no les dan de comer, o porque simplemente no hay qué comer. Yo les abro la puerta de la casa y la puerta de la nevera. Se quedan a dormir o a jugar en el computador, ¡y no les toco un pelo! Vaya a ver cuántos hijueputas tratan a sus hijos como se los trato yo. La gente pide proteger niños que ellos mismos maltratan, les parece muy horrible que se vengan a dormir conmigo pero miran con asco a los niños del Centro que piden limosna, a veces ni los miran. Malparidos”. Él sabía lo que yo pensaba sobre eso.

“Por lo menos yo le puedo dar plata. Cuando me lo trajo, esa señora dijo que mejor yo que el padrastro”. Lo único que podía decirle era que dejara en paz a esos niños. “Yo amo a esos loquitos. Aunque ellos se aprovechan de mí”.

Es cierto, aunque suene cínico, se aprovechaban de él. Una vez un grupo de niños lo emborrachó durante varias noches, por varios meses, y le robaron todos los días. “Son unos gamines, pero ese es el verdadero sentido de la vida”. A mi me pareció justo que esos niños lo robaran. A él ni siquiera le importaba: “Yo no necesito mi plata. Es para ellos”.

“¿Para qué quiere la gente un cielo?” me preguntó un día. Yo respondí que la gente es tonta. Él estuvo de acuerdo. “A mí siempre me ha bastado con Louis Amstrong y su What a Wonderful World –le dije– yo no necesito un cielo”. “Niño, eso es porque eres aire fresco”.

Yo sabía que él me quería. Eso me hacía sentir culpable. Solo pude pedirle que si llegaba a cometer un nuevo crimen no me lo contara. “Si tú me lo pides, no le hago nada a nadie”.

Él me quería y yo lo quería. Era la persona más encantadora que había conocido en mi vida. Que me perdonen mis amigos, que son muy pocos y los quiero mucho, pero el único ser humano que ha entendido completamente cómo soy es un pederasta criminal.

“Cuentista, te estoy haciendo caso. Hace tres meses que no toco a un niño”. Sonreí y no dije nada.

“Me voy a ir a vivir a Europa. Es el continente que más me gusta y quiero morir viendo castillos”. No supe nada de él en un año completo.

Volvió a aparecer un día.

“Extraño tus cuentos”, fue lo primero que me dijo. Yo también lo había extrañado.

Peleamos. Una vez. Nos odiamos aquel momento.

– Todos esos son unos gamines hijos de puta – le dije.
– No lo son – contestó.
– Claro que sí, Francisco, sí lo son, aunque algunos niñitos de ahí te maten.
– Los de las barras bravas del Nacional sí entienden la vida.
– No creo, son solo unos gamines hijos de puta que hay que matar. A esos y a la hinchada de los otros equipos.
– Tú piensas que la vida solo es arte. No entendés la vida.
Yo podía tolerar su pedofilia, su drogadicción, que fuera un asesino, que le gustara tener polillas pegadas en la cara, pero no iba a soportar que dijera que el arte no es el sentido de la vida.

– La cagaste y te voy a joder. Porque eres un viejo patético y te vas a morir solo. Y vas a estar borracho y se van a aprovechar de vos. Viejo asqueroso. Te usan, por plata. Además sos ridículo. Y sos un gamín peor que todos esos gamines a los que les das por el culo. Deberías coger un revólver y meterte un tiro. Borracho inservible.

– No me fregués la vida, periodista de mierda.

No volví a saber de él.

No sé si se mató. Es posible. Una vez, por un mal entendido, lo dejé al borde del suicidio. Lo sé porque él mismo me lo dijo. Pero la última vez, lo de viejo asqueroso, borracho inservible, no fue un mal entendido. Fue literal.
Me gusta creer que se mató, sería gentil de su parte. Es posible que lo hiciera.
Yo te quería mucho, Francisco. En verdad lo hacía. No debiste meterte con la cosa que más amo.


Pienso en ti como si fueras un libro que leí hace mucho. Eres una bonita imagen de un hombre viejo caminando por una vieja calle en un viejo continente. Un lindo recuerdo de un tipo que escucha a Frank Sinatra mientras una polilla se le pega a la cara.

My Way sería la precisa, pero no queremos ser correctos ni puntuales. Solo divertidos. Aunque sea por un rato, aunque sea por vos. Aunque no sea la que debe ser.

miércoles, 8 de septiembre de 2010


En San Vicente, en la finca de San Vicente, jugábamos escondidijo en el maizal e íbamos caminando a la quebrada. De noche, atrapábamos cocuyos y encendíamos una fogata. Ahí los tirábamos, en el fuego, y el fuego se ponía verde por un momento. Es cruel, sí, pero a veces las cosas crueles pueden ser bonitas.


sábado, 4 de septiembre de 2010

Josefina se murió de lujuria


Llegó con un señor que pasó vendiendo limones. Mi hermanita se la pidió regalada, el señor se la regaló.

Venía apestada, yo pensé que se iba a morir. Ni siquiera creí que durara lo suficiente para que le pusieran un nombre.

Le voy a poner josefina – Dijo Margarita, mi hermanita.

Eso es nombre de gallina – Dije.

¡Por eso! Yo siempre he querido una gallina que se llame Josefina – respondió ella.

Margara, boba, eso es una codorniz, no una gallina – la corregí.

¡Ay! Pues yo sé. Si yo fui la que le explicó a usted qué animal era.

No importó que no fuera gallina. Le pusieron Josefina. Ave de corral, al fin y al cabo.

Yo estaba casi seguro de que Josefina solo iba a durar una semana, se le notaba lo enferma. Además, nos tenía miedo a todos, no se dejaba coger de nadie. Vivía metida en un rincón. Apenas caminaba. Era atolondrada.

El animalito no se murió. De hecho se volvió muy vigoroso. Tanto que, quien saliera a la terraza de mi casa, lugar donde la dejaron, tenía que huir de Josefina porque ella se tiraba a picotazos contra cualquiera. Era rapidísima. Nos perseguía, a todos: A mi mamá, a mi papá, a mi hermanita, a mí. A la visita. A quien fuera. A veces para picotearnos, a veces solo se nos arrimaba y se quedaba cerquita.

Empezamos a escuchar a un pájaro cantar muy fuerte, nadie sabía de dónde venía el sonido. Nos asomábamos por la ventana buscando algún ave rara, grande y colorida, a la que le perteneciera esa forma de cantar, pero nunca vimos ninguna. A ninguno se nos ocurrió que semejante grito de pájaro viniera de una cosita tan pequeñita como Josefina.

Las hembras no cantan, solo los machos – explicó mi hermanita.

Así, pues, a alguien le pusieron mal el nombre.

Josefina, que en realidad era un Josefino pero todos le seguíamos diciendo Josefina, pajarraco travesti, era bastante divertida para ser solo una codorniz.

A veces, literalmente, caminaba empinada, sigilosa, con la cabeza baja, no exagero, y atacaba de sorpresa. Otra veces, cuando la íbamos a coger, brincaba, furiosa, furioso, como un gallo de pelea.

Aprendió a subir y a bajar escaleras. Esto, para poder perseguir gente.

Solía bajar hasta mi cuarto, llegaba piando, como un pollito, se arrimaba a la silla del computador y se me paraba en los pies. Yo cogía a Josefina y me la ponía en la barriga, encima de la camisa, y ella, él, se quedaba ahí, dormida, mientras yo hacía trabajos para la universidad.

Se paraba en las patas de la cama y brincaba para que la subieran. Jugaba con las cobijas. Jugaba a escarbar en las cobijas, como si pudiera hacerse un nido en ella.

Le gustaba jugar en las materas. La terraza está llena de matas y materas, y la tierra vivía en el piso. A veces la acostábamos en la hamaca. Nunca la sacamos al jardín del frente porque nos daba miedo que, en un descuido, se fuera o se la comiera un gato.

Josefina sufrió bullying de las tórtolas que le quitaban el cuido. Las tórtolas eran más grandes que Josefina y no la dejaban arrimar al plato con los granos de comida. Siempre había varias tórtolas vigilando el plato. Todas huían despavoridas cuando alguien salía a la terraza, solo entonces Josefina se mostraba valiente.

Lo más inquietante, por llamarlo de algún modo, es que mi papá era la hembra de Josefina. El animalito lo sentía cerca y se le tiraba a echarle un polvo. No lo dejaba en paz. Corría detrás de él. Se le metía entre las piernas mientras caminaba. Se le montaba, le clavaba el pico en el zapato, o en la mano, aleteaba, y dejaba una espumita blanca.

Josefina se follaba a mi papá cada vez que lo veía. Mi papá se dejaba.

Pero esa vida de excesos sexuales con mi papá llevó a Josefina a la muerte.

Un día, mi papá, saliendo de la casa, no vio que la codorniz se arrimó para la sesión normal de sexo que siempre tenían. ¡Tas! La piso.

La codorniz quedó tarada, no se movía, pero aún estaba viva. Margarita, mi hermana, salió con ella al veterinario. Allí, en el consultorio, murió de un paro respiratorio producto del pisotón, producto de sus afanes por el coito.

Josefina se murió, dos años después de haber llegado a mi casa, de lujuria.

Aún la extrañamos.

jueves, 2 de septiembre de 2010




-¿Qué es eso?
-Un atardecer.
-Es una jirafa en llamas.
-No, es un atardecer.
-…
-…
-Las cosas amarillas ¿son?
-Trigo.
-¿Con tomates?
-Fresas.
-¿Una jirafa?
-Una nube en forma de jirafa.
-Lo morado de arriba, ¿qué es?
-La noche que empieza a caer.
-…
-…
- O sea que, el atardecer es un campo de trigo del que se cosechan fresas, ¿correcto?
-Ujum.
-Le doy hasta mañana para que lo vuelva a traer.
El niño cerró el cuaderno de dibujos y le dio la espalda a su profesora.
- Vieja gorda - pensó mientras regresaba a su pupitre.