viernes, 22 de octubre de 2010


Ay sí, ya sé. Todo esto resulta siendo una payasada, por lo menos la mía es una payasada de buen gusto.
¿Había necesidad de ser tan escandaloso? La escenita salió tan barata, tan ordinaria.
Amiguito, de verdad, con una cabeza así de hueca yo lo hubiera pensado dos veces. Lo más obvio era que, en lugar de caer, iba a flotar.
Esta mañana usted decidió suicidarse.
Se tiró del techo esperando chocar contra el piso y hacer un reguero de sangre que nadie iba a querer limpiar. Afortunadamente su cabezota llena de aire impidió el suicidio, pero el susto de estar volando lo mató de un paro cardiaco.
Una muerte más higiénica, todo hay que decirlo.
Me pidió ayuda, pero yo estaba muy ocupado cruzando la calle. Yo iba por ahí, tarareando una fastidiosa cancioncita que no me logro sacar de la cabeza.
Esta mañana usted se mató, y a mí me da lo mismo.
Yo sigo de largo. Usted sigue muerto.

domingo, 17 de octubre de 2010


La lluvia no es triste ni melancólica. La lluvia es divertida e hiperactiva.
Solo hay que ver cómo se entretiene con el pelo de los que no aceptan que son crespos. Solo hay que ver cómo pone a todo el mundo a correr.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Esto pasó esta tarde



Le pregunté a mi mamá si ella era una mujer feliz. Me contestó que a ratos.

Precisé la pregunta a si ahora mismo era feliz. Ella respondió que era feliz cuando Margarita - mi hermana - y yo estábamos bien, pero que sabía que yo estaba muy aburrido, por lo cual no estaba contenta.

Nos quedamos callados.

Retomé de nuevo. Dije que lo único que yo quería era que me atropellara un carro y olvidar todo.

Un rato después de eso encontré a mi mamá acurrucada, empujando una cosa hacía donde yo estaba parado.

–Déjese atropellar – me dijo, y un carro de juguete me pegó en el pie.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Paréntesis para un momento de histeria: Culpar a la casualidad y olvidar la causalidad




Me gusta pensar que son parásitos, que no es mi culpa. Opto por creer que algún tipo de gusano intestinal me tiene enfermo.

Me gusta creer que la hipoglicemia es la causa del mareo que me despierta en la mañana.

Me gusta creer que pasar tanto tiempo delante del computador ha hecho que la radiación me provoque un cáncer cerebral, un tumor, por lo menos irritación en los ojos, y es por eso que vivo con sueño, que no puedo concentrarme en nada.

Me gusta creer que no odio el periodismo, ni mi universidad, que simplemente no sabía lo que quería a los 16 años y cualquiera que hubiera sido la elección la iba a terminar odiando.

Me gusta pensar que es el equipo de sonido de mi vecina el que no me deja dormir, que el ruido no está en mi cabeza.

Me gusta pensar que es la crisis mundial, un problema de la economía global, la que me hace ver todo de manera negativa. Que es una depresión generalizada, que no es solo mía.

Me gustan las pajas mentales. Me gusta creer que mañana el dibujo me saldrá bonito y lo cuentos serán interesantes. Que seré un buen periodista. Que tendré una buena vida.

No me gusta pensar que no tengo talento, que soy indisciplinado, mediocre, inconstante, bruto y pretensioso.

Me gusta pensar que, si me caigo, me tengo que levantar. En realidad solo quiero quedarme en el piso durmiendo.

Me gusta pensar que no es mi culpa. Me gusta pensar que es el destino. Me gusta pensar que los católicos tienen razón.

Culpar a la casualidad, porque la causalidad me quedó grande.

Destruirme como única posibilidad para construirme. Reiventarme. Reciclarme.

Me gusta pensar que son parásitos. Por si las moscas, no tomo purgante. No quiero pensar que soy solo yo y mi vida.

martes, 21 de septiembre de 2010

Soy tan amargado que tengo hipoglicemia

El Ministerio de Defensa del País de la Glucosa mandó todas las tropas a una guerra a muerte contra los diabéticos. Los osos quedaron desprotegidos del ataque de un monstruo feroz que se los está devorando.

La popularidad del presidente va en caída.

lunes, 20 de septiembre de 2010


Advertencia: El dibujo de arriba tiene un lado chueco. La cartulina tenía un borde arrugado y no fui capaz de cortarlo sin que quedara torcido.
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La verdad es que sí, me gustan. Me gustan y mucho. Me gustaron cuando fui consciente de que el cielo estaba lleno de ellos. La verdad es que sí, me gustan los faros. Los faros de allá arriba que a casi todo el mundo le gustan, que casi todo el mundo sigue. Yo también quería gustarle a todo el mundo.

Pensé en construirme uno propio. Pero, para levantar cualquier edificio, uno necesita un terreno, y yo no tenía un terreno. Bueno, sí tenía uno, el único: mi cama.

Al principio, construí mal mi faro: Lo construí debajo de la cama. Lo puse ahí de forma inocente. Debajo de mi cama siempre estaba oscuro. Allí el faro siempre iba a alumbrar, pero nadie lo iba a ver. Yo quería que lo vieran y lo admiraran.

Lo puse encima de la cama.

Para mí, mi faro era el faro más hermoso del mundo. Pronto me olvidé de los faros de allá arriba porque, para mí, el único faro valioso era mi faro.

Me dediqué a mirarlo día y noche. A mirarlo como si no hubiera nada mejor. Era el único que existía y el más hermoso. Cuando la gente se acercaba no les prestaba atención porque solo había una cosa que valía la pena, lógicamente esa cosa no era la gente.

Me dediqué tanto a admirar mi faro que me volví ermitaño. Un poco amargado, tal vez muy.

– ¿Y éste qué?
– ¿Cómo que qué? ¿No has visto mi faro? Es el más hermoso del mundo.
– No. No lo he visto.

Se me había olvidado que tenía mi faro en la cama, y en toda mi vida nunca he llevado a nadie a mi cama.

– Ven, te muestro mi faro. Da la luz más hermosa del mundo.

…

– ¿Te has dado cuenta de que está agrietado? Y la luz que da solo es fuerte cerca del faro, no llega lejos. Este no es el faro más hermoso del mundo. Es una construcción descuidada.

Me di cuenta de lo que pasaba: Después de haber hecho mi faro solo me dediqué a mirarlo y a estar orgulloso de él. Nunca le hice mantenimiento a las estructuras.

Quedé desilusionado.

Esa noche salí a ver, por primera vez desde que construí mi faro, los faros de allá arriba.

Alcé la cabeza y no pude ver nada. Miré y no ví nada. La luz de mi faro me había dejado ciego de tanto mirarlo. Ahora no podía ver los faros de allá arriba.

Salí corriendo a buscar mi faro. Decepcionado. Lo desconecté.

Subí a la punta de la torre. A oscuras. A llorar que el mío, mi faro, no había sido el más hermoso del mundo. De pronto, vi unas lucecitas que, despacio, llegaban y se mezclaban con el agua que me salía de los ojos.

Me quedé ahí, sentado en la punta de la torre. Unos bombillos iban apareciendo allá arriba.

La verdad es que sí, me gustan. Me gustan y mucho.

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Pregunta para el lector:

¿Tiene algo de malo querer llevar una vida inútil?

jueves, 16 de septiembre de 2010

Hay que reinventar lo que se entiende por irreverente, por revolucionario. Ahora esas cosas vienen en paquetes prefabricados, con estándares de producción. Ahora, parece ser, son un lugar común.

Es como si lo original llegara envuelto en papeles de distintos colores pero con las mismas instrucciones para armar. Versiones paralelas, a veces contradictorias, del mismo objeto.

La misma cosa, la cosa original, replicada muchas veces. Rarezas iguales, en masas semejantes a otra masa de cosas que, con desdén, se le suele llamar “normal”. Como si ser normal fuera malo.

Locos autoproclamados, idénticos a todos los locos autoproclamados del planeta. Ser raro se puso de moda, en una moda donde todos los raros son igualitos.

La creatividad más perezosa que se puede concebir.

Escribir caperucita azul no tiene ningún merito, es solo un opuesto obvio.

miércoles, 15 de septiembre de 2010


- No seas tonta.
- No lo soy. En realidad tienen olor.
- Ah ¿Sí? Entonces dime ¿A qué huelen las estrellas?
- Las estrellas huelen a una luciérnaga que, durante una noche de luna llena, vuela entre un árbol de eucalipto. Un árbol de eucalipto que está en medio de un campo cubierto de hierba buena y jazmines.
- Esa es una linda estupidez.
- Siempre te han gustado.