domingo, 16 de enero de 2011


Hacer poesía en Medellín es esperar que los semáforos peatonales den luz verde para cruzar la calle.

martes, 28 de diciembre de 2010


Las cosas eran mejores cuando una caja de cartón o un globo bastaban para ir a cualquier parte.
Yo quería salir solo. Cuando salí, no me gustó.
Como no me gustó, me imaginé cómo me gustaría que fuera.
Ahora me gusta más.
Aunque a veces la realidad me sigue golpeando muy fuerte.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Y la navidad no es cosa de credo.
El diablo decora su árbol y baila alrededor. Baila los villancicos de Tartini.





domingo, 28 de noviembre de 2010


Las ideas, en un principio, no le pertenecen a nadie. Van por ahí, sueltas, como las señales de la radio.
Las ideas viajan por el agua de la ducha. Tienen forma de almohada y suenan como una conversación inocente. Están en el estampado de una camisa o en las sombras de la calle.
Las ideas, en un principio, no le pertenecen a nadie. Son enemigas a muerte del reloj despertador.

lunes, 8 de noviembre de 2010

La gata se revolcó. La gata se acicaló. La gata ronroneó. La gata se quedó quieta. La gata miró, muy concentrada, algo en el aire. La gata dejó de mirarlo. La gata pidió un mimo. La gata se revolcó. La gata se acicaló. La gata ronroneó. La gata se quedó quieta.

La gata hizo todo eso sobre la barriga de la niña. Lo hizo una y otra vez. Una vez. Dos veces. Tres. Cuatro. Cinco. Seis veces. Siete y ocho. La niña, en cambio, solo hizo una cosa. La niña solo se preguntó a qué hora había metido a esa gata boba en su casa. Esa gata tediosa y fastidiosa y melosa y asfixiante y bruta.

La niña solo hizo una cosa mientras la gata se revolcaba. La gata, en cambio, hizo muchas.

La gata se acicaló. La gata ronroneó. La gata se quedó quieta. La gata miró, muy concentrada, algo en el aire. La gata dejó de mirarlo. La gata pidió un mimo. Y todo lo hizo, otra vez, sobre la barriga de la niña.

Pero la gata no siempre fue así. La gata trataba con desdén a la niña. Huía. La arañaba si se acercaba. La gata le pasaba por el lado sin inmutarse al verla. La gata coqueteaba con otras niñas. Y la niña solo podía pensar: “gata malparida, te quiero”.

La gata no fue siempre tediosa y fastidiosa y melosa y asfixiante y bruta. La gata fue amada. La niña fue despreciada. Aunque después fue al revés.

El al revés fue culpa de la niña. La niña la conquistó. La acosó. Le dio duraznos y aguacates. Aprendió en cuál árbol tomaba la siesta de medio día y en cuál parque esperaba la noche. El al revés fue culpa de la niña. La niña la conquistó. La acosó. La gata cayó.

La gata se revolcó. La gata se acicaló. La gata ronroneó. La gata se quedó quieta. La gata miró, muy concentrada, algo en el aire. La gata dejó de mirarlo. La gata pidió un mimo. La gata se revolcó. La gata se acicaló. La gata ronroneó. La gata se quedó quieta. Y todo lo hizo, otra vez, sobre la barriga de la niña.

La niña se paró. Fastidiada. Tiró la gata al piso. Asfixiada. Salió de la casa. A prisa. Dejó las ventanas abiertas.

La gata entendió. Decepcionada. Salió por la ventana. Triste. “Miau”. Indignada.

A veces, en el parque, la niña se encuentra a la gata. La gata pasa por un lado de la niña y no se inmuta. La niña pasa por un lado de la gata y no se inmuta.

Luego de sus paseos por el parque, la niña llega a su casa. La niña va a su cuarto. La niña se tira sobre el sofá. La niña se queda dormida pensando en otra gata que nunca antes había visto. En esa otra gata que en la mañana le volteó la cara.

jueves, 4 de noviembre de 2010


Y así funcionan los prejuicios. Vamos a buscar culpables por un pez que nunca estuvo ahí.
Lo más fácil es echarle la culpa al gato.



viernes, 22 de octubre de 2010


Ay sí, ya sé. Todo esto resulta siendo una payasada, por lo menos la mía es una payasada de buen gusto.
¿Había necesidad de ser tan escandaloso? La escenita salió tan barata, tan ordinaria.
Amiguito, de verdad, con una cabeza así de hueca yo lo hubiera pensado dos veces. Lo más obvio era que, en lugar de caer, iba a flotar.
Esta mañana usted decidió suicidarse.
Se tiró del techo esperando chocar contra el piso y hacer un reguero de sangre que nadie iba a querer limpiar. Afortunadamente su cabezota llena de aire impidió el suicidio, pero el susto de estar volando lo mató de un paro cardiaco.
Una muerte más higiénica, todo hay que decirlo.
Me pidió ayuda, pero yo estaba muy ocupado cruzando la calle. Yo iba por ahí, tarareando una fastidiosa cancioncita que no me logro sacar de la cabeza.
Esta mañana usted se mató, y a mí me da lo mismo.
Yo sigo de largo. Usted sigue muerto.

domingo, 17 de octubre de 2010


La lluvia no es triste ni melancólica. La lluvia es divertida e hiperactiva.
Solo hay que ver cómo se entretiene con el pelo de los que no aceptan que son crespos. Solo hay que ver cómo pone a todo el mundo a correr.